Siempre estamos pensando en mil cosas al mismo tiempo: el dinero que falta, el amor que no llega o que se va, el casamiento, los planes, las expectativas de los demás y las propias. Vivimos corriendo detrás de algo, como si la vida fuera una lista de pendientes que nunca se termina.
Durante mucho tiempo pensé que la felicidad iba a aparecer cuando todo eso estuviera resuelto. Cuando hubiera estabilidad, cuando las cosas encajaran, cuando llegara “el momento correcto”. Pero con el tiempo me di cuenta de que no funciona así.
Para mí, la vida se volvió mucho más placentera cuando descubrí la felicidad donde menos me lo esperaba: en lo más simple. En esos momentos donde algunas cosas, aunque pequeñas, se sienten muy grandes; en situaciones lejos de las expectativas, pero que se sienten bien en el fondo. Ahí entendí que no todo pasa por lo que se supone que deberíamos querer, sino por lo que realmente nos hace sentir bien, y ahora yo me siento muy bien simplemente con una silla.